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sábado, 11 de junio de 2016

VISIÓN DE LAS TIERRAS FRÍAS autor Jorge Carlos Alegret AUDIOLIBRO una lectura impecable en una interpretación del texto que hace apasionante su audiolectura, por Pilar Iglesias

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VISIÓN DE LAS TIERRAS FRÍAS autor Jorge Carlos Alegret
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martes, 31 de mayo de 2016

SOBRE LA SEXUALIDAD FEMENINA 1931 Sigmund Freud curso profesora Pilar Iglesias

(texto integro)
Sigmund Freud

CLXIII SOBRE LA SEXUALIDAD FEMENINA 1931
http://pilariglesiasnicolaspsico.jimdo.com/%C3%A1rea-de-trabajo-educaci%C3%B3n-para-la-salud/sobre-la-sexualidad-femenina/EN aquella fase del desarrollo libidinal infantil que se caracteriza por un complejo de Edipo normal hallamos a los niños afectuosamente ligados al progenitor del sexo opuesto, mientras que en sus relaciones con el del mismo sexo predomina la hostilidad. No puede resultarnos difícil explicar esta situación en el varón. La madre fue su primer objeto amoroso; continúa siéndolo, y al tornarse más apasionados sus sentimientos por ella, así como al profundizarse su compresión de las relaciones entre el padre y la madre, aquél debe convertirse por fuerza en su rival. Otra cosa sucede en la pequeña niña. También para ella el primer objeto fue la madre: ¿Cómo entonces halla su camino hacia el padre? ¿Cómo, cuándo y por qué se desliga de la madre? Hemos reconocido hace tiempo que el desarrollo de la sexualidad femenina se ve complicado por la necesidad de renunciar a la zona genital originalmente dominante, es decir, al clítoris, en favor de una nueva zona, de la vagina. Ahora, una segunda mutación semejante -el trueque del primitivo objeto materno por el padre- nos parece no menos característica e importante para el desarrollo de la mujer. Todavía no podemos reconocer con claridad de qué modo estas dos operaciones se vinculan entre sí. 

Sabemos que las mujeres dominadas por una fuerte vinculación con el padre son harto numerosas y que no por ello necesitan ser neuróticas. Estudiando a este tipo de mujeres he podido reunir ciertas observaciones que me propongo exponer aquí y que me han Ilevado a determinada concepción de la sexualidad femenina. Dos hechos despertaron ante todo mi atención. Primero, el análisis demostró que cuando la vinculación con el padre ha sido particularmente intensa, siempre fue precedida por una fase de no menos intensa y apasionada vinculación exclusivamente materna. Salvo el cambio de objeto, la segunda fase apenas agregó un nuevo rasgo a la vida amorosa. La primitiva relación con la madre se había desarrollado de manera muy copiosa y multiforme. 
De acuerdo con el segundo hecho, la duración de esta vinculación con la madre había sido considerablemente menospreciada. En efecto, en cierto número de casos persistía hasta bien entrado el cuarto año, y en un caso hasta el quinto año de vida, o sea, que abarcaba, con mucho, la mayor parte del primer florecimiento sexual. Hasta hube de aceptar la posibilidad de que muchas mujeres queden detenidas en la primitiva vinculación con la madre, sin alcanzar jamás una genuina reorientación hacia el hombre.

Con ello la fase preedípica de la mujer adquiere una importancia que hasta ahora no se le había asignado. 
Puesto que en este período caben todas las fijaciones y represiones a las cuales atribuimos la génesis de las neurosis, parecería necesario retractar la universalidad del postulado según el cual el complejo de Edipo sería el núcleo de la neurosis. Quien se sienta reacio, empero, a adoptar tal corrección, de ningún modo precisa hacerlo. En efecto, por un lado es posible extender el contenido del complejo de Edipo hasta incluir en él todas las relaciones del niño con ambos padres, y por el otro, también se puede tener debida cuenta de estas nuevas comprobaciones, declarando que la mujer sólo alcanza la situación edípica positiva, normal en ella, una vez que ha superado una primera fase dominada por el complejo negativo. En realidad, durante esta fase el padre no es para la niña pequeña mucho más que un molesto rival, aunque su hostilidad contra él nunca alcanza la violencia característica del varón. Después de todo, hace ya tiempo que hemos renunciado a toda esperanza de hallar un paralelismo puro y simple entre el desarrollo sexual masculino y el femenino. 

Nuestro reconocimiento de esta fase previa preedípica en el desarrollo de la niña pequeña es para nosotros una sorpresa, análoga a la que en otro campo representó el descubrimiento de la cultura minoico-miceniana tras la cultura griega. 
Todo lo relacionado con esta primera vinculación materna me pareció siempre tan difícil de captar en el análisis, tan nebuloso y perdido en las tinieblas del pasado, tan difícil de revivir, como si hubiese sido víctima de una represión particularmente inexorable. Esta impresión mía probablemente obedeciera, empero, a que las mujeresque se analizaron conmigo pudieron, precisamente por ello, aferrarse a la misma vinculación paterna en la que otrora se refugiaron al escapar de la fase previa en cuestión. Parecería, en efecto, que las analistas como Jeanne Lampl-de-Groot y Helene Deutsch, por ser del sexo femenino, pudieron captar estos hechos más fácil y claramente, porque contaban con la ventaja de representar sustitutos maternos más adecuados en la situación transferencial con las pacientes sometidas a su tratamiento. Por mi parte, tampoco he logrado desentrañar totalmente ninguno de los casos en cuestión, de modo que me limitaré a exponer mis conclusiones más generales y sólo daré unos pocos ejemplos de las nuevas nociones que ellos me han sugerido.
Entre éstas se cuentan la conjetura de que dicha fase de vinculación materna guardaría una relación particularmente íntima con la etiología de la histeria, lo que no puede resultar sorprendente si se reflexiona que ambas, la fase tanto como la neurosis en cuestión, son característicamente femeninas; además, que en esta dependencia de la madre se halla el germen de la ulterior paranoia de la mujer. Parece, en efecto, que este germen radica en el temor -sorprendente, pero invariablemente hallado- de ser muerta (¿devorada?) por la madre. Es plausible conjeturar que dicha angustia corresponde a la hostilidad que la niña desarrolla contra su madre a causa de las múltiples restricciones impuestas por ésta en el curso de la educación y de los cuidados corporales, y que el mecanismo de la proyección sea facilitado por la inmadurez de la organización psíquica infantil. 
He comenzado por anteponer los dos hechos que despertaron mi atención como algo nuevo: primero que la fuerte dependencia paterna en la mujer asume simplemente la herencia de una vinculación no menos poderosa a la madre, y segundo, que esta fase previa persiste durante un tiempo mucho más largo del que habíamos presumido. Ahora debo volver atrás, a fin de insertar estas nuevas conclusiones en el lugar que les corresponde dentro del cuadro ya conocido de la evolución sexual de la mujer. Al hacerlo será inevitable incurrir en algunas repeticiones; además, la continua comparación con las condiciones reinantes en el hombre sólo podrá favorecer nuestra exposición del curso que dicho desarrollo sigue en la mujer. 

Ante todo, es innegable que la disposición bisexual, postulada por nosotros como característica de la especie humana, es mucho más patente en la mujer que en el hombre. Éste cuenta con una sola zona sexual dominante, con un solo órgano sexual, mientras que la mujer tiene dos: la vagina, órgano femenino propiamente dicho, y el clítoris, órgano análogo al pene masculino. Creemos justificado admitir que durante muchos años la vagina es virtualmente inexistente y que quizá no suministre sensaciones algunas antes de la pubertad. No obstante, en el último tiempo se multiplican las opiniones de los observadores, inclinados a aceptar que también en esos años precoces existirían pulsiones vaginales. Como quiera que sea, lo esencial de la genitalidad femenina debe girar alrededor del clítoris en la infancia. La vida sexual de la mujer se divide siempre en dos fases, la primera de las cuales es de carácter masculino, mientras que sólo la segunda es específicamente femenina.
Así, el desarrollo femenino comprende dicho proceso de transición de una fase a la otra, que no se halla analogía alguna en el hombre. Otra complicación se desprende del hecho de que la función del clítoris viril continúa durante la vida sexual ulterior de la mujer, en una forma muy variable, que por cierto todavía no comprendemos satisfactoriamente. No sabemos, naturalmente, cuáles son los fundamentos biológicos de estas características de la mujer y mucho menos aún podemos asignarles ningún propósito teleológico. 
Paralelamente con esta primera diferencia fundamental corre otra que concierne a la elección de objeto. El primer objeto amoroso del varón es la madre, debido a que es ella la que lo alimenta y lo cuida durante la crianza; sigue siendo su principal objeto hasta que es reemplazado por otro, esencialmente similar o derivado de ella. También en la mujer la madre debe ser el primer objeto, pues las condiciones primarias de la elección objetal son iguales en todos los niños. Al final del desarrollo de la niña, empero, es preciso que el hombre-padre se haya convertido en el nuevo objeto amoroso, 
o sea, que, a medida que cambia de sexo, la mujer debe cambiar también el sexo del objeto. Lo que ahora hemos de estudiar son los caminos que recorre esta transformación, cuán íntegra o incompleta llega a ser y qué posibilidades evolutivas surgen en el curso de este desarrollo. 
Ya hemos reconocido asimismo que otra diferencia entre los sexos concierne a su relación con el complejo de Edipo. Tenemos al respecto la impresión de que todas nuestras formulaciones sobre dicho complejo únicamente pueden aplicarse, en sentido estricto, al niño del sexo masculino, y tenemos razón en rechazar el término de «complejo de Electra», que tiende a destacar la analogía de la situación en ambos sexos. Sólo en el niño varón existe esa fatal conjunción simultánea de amor hacia uno de los padres y de odio por rivalidad contra el otro. En el varón es entonces el descubrimiento de la posibilidad de la castración, evidenciado por la vista de los genitales femeninos, el que impone la transformación del complejo de Edipo, el que lleva a la creación del super-yo y el que inicia así todos los procesos que convergen hacia la inclusión del individuo en la comunidad cultural. Una vez internalizada la instancia paterna, formando el super-yo, queda todavía por resolver la tarea de desprender a éste de aquellas personas cuyo representante psíquico fue primitivamente.


Advertimos así que la fase de exclusiva vinculación materna, que cabe calificar de preedípica, es mucho más importante en la mujer de lo que podría ser en el hombre. Múltiples manifestaciones de la vida sexual femenina que hasta ahora resultaba difícil comprender pueden ser plenamente explicadas por su reducción a dicha fase. Así, por ejemplo, hace tiempo hemos advertido que muchas mujeres eligen a su marido de acuerdo con el modelo del padre o lo colocan en el lugar de éste; pero en el matrimonio repiten con ese marido su mala relación con la madre. El marido debía heredar la relación con el padre, y en realidad asumió la vinculación con la madre. Esto se comprende fácilmente como un caso obvio de regresión. La relación materna fue Ia más primitiva; sobre ella se estructuró la relación con el padre, y ahora en el matrimonio lo primitivo vuelve a emerger de la represión. En efecto, la transferencia de los lazos afectivos del objeto materno hacia el paterno constituyó el contenido esencial del desarrollo que condujo a la femineidad. 

Muchísimas mujeres despiertan la impresión de que todo el período de su madurez se halla inmerso en los conflictos con el marido, tal como su juventud estuvo dedicada a los conflictos con la madre. En tales casos, cuanto acabamos de exponer nos induce ahora a concluir que dicha actitud hostil hacia la madre no es una consecuencia de la rivalidad implícita en el complejo de Edipo, sino que se originó en la fase anterior y simplemente halló un reforzamiento y una oportunidad de aplicarse en la situación edípica, como lo confirma también la investigación analítica directa. Nuestro interés de concentrarse ahora en los mecanismos que actúan en el desprendimiento del objeto materno, tan intensa y exclusivamente amado. Estamos dispuestos a encontrarnos no con un único factor semejante, sino con toda una serie de factores que convergen hacia un mismo fin. 
Entre estos factores destácanse algunos que son condicionados por las circunstancias generales de la sexualidad infantil, o sea, que rigen igualmente para la vida amorosadel varón. En primero y principal término, cabe mencionar aquí los celos de otras personas, de los hermanos y hermanas, de los rivales, entre los que también se cuenta el padre. El amor del niño es desmesurado: exige exclusividad; no se conforma con participaciones. Pero posee también una segunda característica: carece en realidad de un verdadero fin; es incapaz de alcanzar plena satisfacción, y esa es la razón esencial de que esté condenado a terminar en la defraudación y a ceder la plaza a una actitud hostil.
En épocas ulteriores de la vida, la falta de gratificación final puede facilitar asimismo otros resultados. En efecto, dicho factor puede asegurar el mantenimiento imperturbado de la catexis libidinal, como sucede en las relaciones amorosas inhibidas en su fin; pero bajo el imperio de los procesos evolutivos ocurre siempre que la libido abandona la posición insatisfactoria para buscar otra nueva. 

Otro motivo, mucho más específico para el desprendimiento de la madre, resulta del efecto que el complejo de castración ejerce sobre la pequeña criatura carente de pene. En algún momento la niña descubre su inferioridad orgánica; naturalmente, esto ocurre más temprano y con mayor facilidad si tiene hermanos varones o compañeros de juego masculinos. Ya hemos visto cuáles son las tres vías que divergen de este punto: a) hacia la suspensión de toda la vida sexual; b) hacia la obstinada y desafiante sobreacentuación de la propia masculinidad; c) a los primeros arranques de la femineidad definitiva. No es fácil precisar cronológicamente la ocurrencia de estos procesos ni establecer el curso típico que siguen; aun el momento en que se descubre la castración es variable, y muchos otros factores parecen ser inconstantes y depender de la casualidad. Así, también interviene aquí la condición de la propia actividad fálica de la niña, el hecho de que ésta sea descubierta o no, y a qué punto le es coartada una vez descubierta. 
La niña pequeña, por lo general, descubre espontáneamente su modo particular de actividad fálica -la masturbación con el clítoris-, que al principio transcurre, sin duda, libre de toda fantasía. La intervención de la higiene corporal en la provocación de esta actividad suele reflejarse en la fantasía, tan frecuente, de haber sido seducida por la madre, la nodriza o la niñera. Dejamos indecisa la cuestión de si la masturbación de la niña es desde un comienzo más rara y menos enérgica que la del varón; bien podría ser así. La seducción real es asimismo relativamente frecuente; parte de otros niños o de la madre, la nodriza o la niñera, que quieren calmar, adormecer o colocar al niño en dependencia de ellas mismas. La seducción, cuando interviene, perturba siempre elcurso natural del desarrollo y deja a menudo consecuencias profundas y persistentes. 
Como ya hemos visto, la prohibición de la masturbación actúa como incentivo para abandonarla, pero también como motivo para rebelarse contra la persona que la prohíbe, es decir, contra la madre o sus sustitutos, que ulteriormente se confunden siempre con ella.
La terca y desafiante persistencia en la masturbación parece abrir la vía hacia el desarrollo de la masculinidad. Aun cuando el niño no haya logrado dominarla, el efecto de la prohibición aparentemente ineficaz se traduce en los ulteriores esfuerzos para librarse a toda costa de una gratificación cuyo goce le ha sido malogrado. Cuando la niña alcanza la madurez, su elección de objeto puede ser influida todavía por este propósito firmemente sustentado. El resentimiento por habérsele impedido la libre actividad sexual tiene considerable intervención en el desprendimiento de la madre. El mismo tema vuelve a activarse después de la pubertad, cuando la madre asume su deber de proteger la castidad de la hija. No olvidemos, naturalmente, que la madre se opone de idéntica manera a la masturbación del varón, suministrándole así también a éste un poderoso motivo de rebelión. 
Cuando la niña pequeña descubre su propia deficiencia ante la vista de un órgano genital masculino, no acepta este ingrato reconocimiento sin vacilaciones ni resistencias. Como ya hemos visto, se aferra tenazmente a la expectativa de adquirir alguna vez un órgano semejante, cuyo anhelo sobrevive aún durante mucho tiempo a la esperanza perdida. Invariablemente, la niña comienza por considerar la castración como un infortunio personal; sólo paulatinamente comprende que también afecta a ciertos otros niños y, por fin, a determinados adultos. Una vez admitida la universalidad de esta característica negativa de su sexo, desvalorízase profundamente toda la femineidad y con ella también la madre. 
Es muy posible que la precedente descripción de las reacciones de la niña pequeña frente al impacto de la castración y a la prohibición del onanismo despierte en el lectorla impresión de algo confuso y contradictorio; mas ello no es culpa exclusiva del autor. En realidad, hallar una descripción que se ajuste a todos los casos es casi imposible. En los distintos individuos encontramos las más dispares reacciones, y aun en un mismo individuo coexisten actitudes antagónicas. Al intervenir por primera vez la prohibición ya está planteado el conflicto, que desde ese momento acompañará todo el desarrollo de la función sexual. Es particularmente difícil obtener una clara visión de los hechos, debido al esfuerzo necesario para discernir los procesos psíquicos de esa fase frente a los ulteriores que se superponen a ellos y que los deforman en la memoria. Así, por ejemplo, el hecho de la castración será concebido más tarde como castigo por la actividad masturbatoria; pero su ejecución será atribuida al padre, o sea, dos nociones que no pueden haber correspondido, por cierto, a ningún hecho original.

También el niño varón teme siempre la castración por parte del padre, a pesar de que en su caso, igual que en la niña, la amenaza procedió por lo general de la madre. 
Como quiera que sea, al final de esa primera fase de vinculación a la madre emerge, como motivo más poderoso para apartarse de ella, el reproche de no haberle dado a la niña un órgano genital completo; es decir, el de haberla traído al mundo como mujer. Un segundo reproche, que no arranca tan atrás en el tiempo, resulta un tanto sorprendente: es el de que la madre no le ha dado a la niña suficiente leche, el de que no la amamantó bastante. En nuestras modernas condiciones culturales esto suele ser muy cierto; pero seguramente no lo es tan a menudo como se sostiene en el curso de los análisis. Parecería más bien que dicha acusación expresara la insatisfacción general de los niños que, bajo las condiciones culturales de la monogamia, son destetados al cabo de seis a nueve meses, mientras que la madre primitiva se dedicaba exclusivamente a su hijo durante dos a tres años. Sucede como si nuestros hijos hubiesen quedado para siempre insatisfechos, como si nunca hubiesen sido lactados suficientemente. No estoy seguro, sin embargo, de que analizando niños que han sido amamantados tan prolongadamente como los de los pueblos primitivos, no nos encontraríamos también con idéntica queja: tan inmensa es la codicia de la libido infantil. Aun si repasamos toda la serie de motivaciones que el análisis ha revelado para el desprendimiento de la madre -que descuidó proveer a la niña con el único órgano genital adecuado, que no la nutrió suficientemente, que la obligó a compartir con otros el amor materno, que nunca llegó a cumplir todas las demandas amorosas; finalmente, que primero estimuló la propia actividad sexual de la hija para prohibirla luego-, aun entonces nos parecen insuficientes para justificar la hostilidad resultante. Algunos de estos reproches son consecuencias irremediables de la índole misma de la sexualidad infantil; otros parecen racionalizaciones adoptadas a posteriori para explicar el incomprensible cambio de los sentimientos. Lo cierto posiblemente sea que la vinculación a la madre debe por fuerza perecer, precisamente por ser la primera y la más intensa, a semejanza de lo que tan a menudo se comprueba en los primeros matrimonios de mujeres jóvenes, contraídos en medio del más apasionado enamoramiento.

Tanto en éste como en aquel caso, la relación amorosa probablemente fracase al chocar con los inevitables desengaños y con la multiplicación de las ocasiones aptas para la agresión. Los segundos matrimonios resultan por lo general mucho mejores. 

No podemos aventurarnos a sostener que la ambivalencia de las catexis emocionales sea una ley psicológica universalmente válida, es decir, que sea en principio imposible sentir gran amor por una persona sin que se le agregue un odio quizá igualmente grande, o viceversa. Es evidente que el adulto normal logra mantener separadas estas dos actitudes y que no se siente compelido a odiar a su objeto amado y a amar a su enemigo. Esto parece ser, empero, el resultado de un desarrollo ulterior. En las primeras fases de la vida amorosa la ambivalencia es evidentemente la regla. En muchos seres este rasgo arcaico persiste durante la vida entera, y en el neurótico obsesivo lo característico es que el amor y el odio mantengan un equilibrio mutuo en todas sus relaciones objetales. También en los primitivos cabe aceptar el predominio de la ambivalencia. Podemos concluir, por consiguiente, que la intensa vinculación de la niña pequeña con su madre debe estar dominada por una poderosa ambivalencia y que, reforzada por los demás factores mencionados, es precisamente ella la que determina que la niña se aparte de la madre. En otros términos, una vez más nos encontramos con una consecuencia de una de las características universales de la sexualidad infantil. 
Contra este intento de explicación plantéase al punto una objeción: ¿Cómo es posible que el varón logre mantener intacta su vinculación con la madre sin duda no menos poderosa que la de la niña? La respuesta no es menos rápida: Porque puede resolver su ambivalencia contra la madre transfiriendo toda su hostilidad al padre. En primer término, empero, semejante respuesta sólo puede formularse después de haber estudiado detenidamente la fase preedípica en el varón, y en segundo lugar, probablemente sea más prudente confesar en principio que aún no hemos llegado al fondo de estos procesos, los cuales, después de todo, apenas comenzamos a conocer. 
Otra pregunta es la siguiente: ¿Qué es, en suma, lo que la niña pequeña pretende de su madre? ¿De qué índole son sus fines sexuales en ese período de exclusiva vinculación con la madre? La respuesta que nos brinda el material de observación analítico concuerda plenamente con nuestras expectativas.

Los fines sexuales de la niña en relación con la madre son de índole, tanto activa como pasiva y se hallan determinados por las fases libidinales que recorre en su evolución. La relación entre la actividad y la pasividad merece aquí nuestro particular interés. En cualquier sector de la experiencia psíquica -no sólo en el de la sexualidad- es dable observar que una impresión pasivamente recibida evoca en los niños la tendencia a una reacción activa. El niño trata de hacer por sí mismo lo que se acaba de hacerle a él o con él. He aquí una parte de la necesidad de dominar el mundo exterior a que se halla sometido y que aun puede llevarlo a esforzarse por repetir impresiones que a causa de su contenido desagradable tendría buenos motivos para evitar. También eljuego del niño se halla al servicio de este propósito de completar una vivencia pasiva mediante una acción activa, anulándola con ello en cierta manera. Cuando, a pesar de su resistencia, el médico le abre la boca al niño para examinarle la garganta, éste jugará a su vez, después de su partida, a «ser el doctor», y repetirá el mismo violento procedimiento con un hermanito menor, que se hallará tan indefenso frente a él como él lo estuvo en manos del médico. No podemos dejar de reconocer aquí la rebeldía contra la pasividad y la preferencia por el papel activo. No todos los niños consiguen realizar siempre y con la misma energía este viraje de la pasividad a la actividad, que en algunos casos puede faltar por completo. De esta conducta del niño puede deducirse la fuerza relativa de las tendencias masculinas y femeninas que habrán de manifestarse en su vida sexual. 

Las primeras vivencias total o parcialmente sexuales del niño en relación con su madre son naturalmente de carácter pasivo. Es ésta la que le amamanta, le alimenta, le limpia, le viste y le obliga a realizar todas sus funciones fisiológicas. Parte de la libido del niño se mantiene adherida a estas experiencias y goza de las satisfacciones con ellas vinculadas, mientras que otra parte intenta su conversión en actividad. Primero, el proceso de ser amamantado por el pecho materno es sustituido por la succión activa. En sus demás relaciones con la madre; el niño se conforma con la independencia, es decir, con hacer por sí mismo lo que antes se le hacía, o con la repetición activa de sus vivencias pasivas en el juego, o bien realmente convierte a la madre en objeto, adoptando frente a ella el papel de sujeto activo.

Esta última reacción, que se lleva a cabo en el terreno de la actividad propiamente dicha, me pareció increíble por mucho tiempo, hasta que la experiencia refutó todas mis dudas. 

Raramente oímos que una niña pequeña quiera lavar o vestir a la madre o inducirla a realizar sus necesidades. Es cierto que a veces le dice: «Ahora vamos a jugar que soy yo la madre y tú la hija»; pero generalmente realiza estos deseos activos en forma indirecta al jugar con su muñeca, representando ella a la madre y la muñeca a la niña. El hecho de que las niñas sean más afectas que los varones a jugar con muñecas suele interpretarse como un signo precoz de la femineidad incipiente. Eso es muy cierto; pero no se debería olvidar que lo expresado de tal manera es la faz activa de la femineidad y que dicha preferencia de la niña probablemente atestigüe el carácter exclusivo de su vinculación a la madre, con descuido total del objeto paterno. 

La sorprendente actividad sexual de la niña en relación con su madre se manifiesta, en sucesión cronológica, a través de impulsos orales, sádicos, finalmente, también fálicos, dirigidos a la madre. Es difícil precisar aquí los detalles respectivos, pues se trata a menudo de oscuros impulsos que el niño no pudo captar psíquicamente en el momentode ocurrir, que por ello debieron experimentar una interpretación ulterior, y que se expresan en el análisis en formas que no son, por cierto, las que tuvieron originalmente. En ocasiones los hallamos transferidos al ulterior objeto paterno, al cual no pertenecen y en el que dificultan sensiblemente nuestro entendimiento de toda la situación. Los deseos agresivos orales y sádicos se manifiestan en la forma que les fue impuesta por la represión precoz, es decir, en el temor de ser muerta por la madre, un temor que, si ingresa en la consciencia, justifica a su vez los propios deseos de muerte contra la madre. Sería imposible establecer con qué frecuencia dicho miedo a la madre se funda en una hostilidad inconsciente de ésta adivinada por el hijo o la hija. (EI miedo de ser devorado hasta ahora lo hallé sólo en hombres, es referido al padre; pero probablemente sea el producto de transformación de la agresión oral dirigida contra la madre. La persona que el niño quiere devorar es la madre, que lo ha nutrido; en el caso del padre, falta esta motivación obvia de tal deseo.
Las mujeres caracterizadas por una poderosa vinculación con la madre, en cuyos análisis he podido estudiar la fase preedípica, siempre me narraron que al aplicarles la madre enemas e irrigaciones intestinales solían oponerle la mayor resistencia, reaccionando con miedo y con aullidos de rabia. Probablemente ésta sea una actitud muy habitual o aun invariable en todos los niños. Sólo llegué a comprender las razones de tal rebeldía particularmente violenta a través de un comentario de Ruth Mack Brunswick, que estudiaba los mismos problemas simultáneamente conmigo: el acceso de furia después de una enema sería comparable al orgasmo consiguiente a una excitación genital. La angustia concomitante debería comprenderse como una transformación del deseo de agresión así animado. Creo que realmente ocurre así, y que en la fase sádico­anal la intensa excitación pasiva de la zona intestinal despierta un acceso de agresividad que se manifiesta directamente como furia o, a consecuencia de su supresión, como angustia. Esta reacción parece extinguirse gradualmente en el curso de los años ulteriores. 

Al considerar los impulsos pasivos de la fase fálica destácase el hecho de que la niña incrimina siempre a la madre como seductora, por haber percibido forzosamente sus primeras sensaciones genitales, o en todo caso las más poderosas, mientras era sometida a la limpieza o a los cuidados corporales por la madre o por las niñeras que la representaban. Muchas madres me han contado que sus pequeñas hijas de dos o tres años gozaban de estas sensaciones e incitaban a la madre a exacerbarlas con toques o fricciones repetidas. Creo que el hecho de que la madre sea la que inevitablemente inicia a la niña en la fase fálica es el motivo de que en las fantasías de sus años ulteriores el padre aparezca tan regularmente como seductor sexual. Al apartarse de la madre, la niña también transfiere al padre la responsabilidad de haberla iniciado en la vida sexual. 

Finalmente, en la fase fálica aparecen también poderosos deseos activos dirigidos hacia la madre. La actividad sexual de este período culmina en la masturbación clitoridiana; probablemente la niña acompañe ésta con fantasía de su madre; pero a través de mi experiencia no acierto a colegir si realmente imagina un fin sexual determinado ni cuál podría ser este fin. Sólo una vez que todos sus intereses han experimentado un nuevo impulso por la llegada de un hermanito o de una hermanita menor podemos reconocer claramente tal fin.
La niña pequeña, igual que el varoncito, quiere creer que es ella la que le ha hecho a la madre este nuevo niño, y su reacción ante dicho suceso, tanto como su conducta frente al recién llegado, son iguales que en el varón. Bien sé que esto parece absurdo; pero ello quizá sólo obedezca a que tal idea nos es tan poco familiar. 

El desprendimiento de la madre es un paso importantísimo en el desarrollo de la niña e implica mucho más que un mero cambio de objeto. Ya hemos descrito cómo se produce y cuáles son las múltiples motivaciones que se aducen para explicarlo; agregaremos ahora que se observa, paralelamente con el mismo, una notable disminución de los impulsos sexuales activos y una acentuación de los pasivos. Es cierto que los impulsos activos han sido más afectados por la frustración, pues demostraron ser totalmente irrealizables y, por tanto, fueron más fácilmente abandonados por la libido; pero tampoco las tendencias pasivas han escapado a las defraudaciones. Con el desprendimiento de la madre cesa también a menudo la masturbación clitoridiana, y es muy frecuente que la niña pequeña, al reprimir su masculinidad previa, también perjudique definitivamente buena parte de su vida sexual en general. La transición al objeto paterno se lleva a cabo con ayuda de las tendencias pasivas, en la medida en que hayan escapado al aniquilamiento. EI camino hacia el desarrollo de la femineidad se halla ahora abierto a la niña, salvo que haya sido impedido por los restos de la vinculación preedípica a la madre, que acaba de ser superada. 

Si echamos una mirada retrospectiva a las fases del desarrollo sexual femenino que hemos descrito, se nos impone determinada conclusión acerca de la femineidad en general: hemos comprobado la actuación de las mismas fuerzas libidinales que operan en el niño del sexo masculino, y pudimos convencernos de que en uno como en otro caso siguen durante cierto período idénticos caminos y producen los mismosresultados
Ulteriormente, ciertos factores biológicos las apartan de sus fines primitivos y aun conducen tendencias activas, masculinas en todo sentido, hacia las vías de la femineidad. Dado que no podemos descartar el concepto de que la excitación sexual obedece a la acción de determinadas sustancias químicas, parecería obvio esperar que la bioquímica nos revele algún día dos agentes distintos; cuya presencia produciría respectivamente la excitación sexual masculina y la femenina. Pero esta esperanza no es evidentemente menos ingenua que aquella otra, felizmente superada hoy, de que sería posible aislar bajo el microscopio los distintos factores causales de la histeria, la neurosis obsesiva, la melancolía, etc.

También en el quimismo de la sexualidad las cosas deben ser un tanto más complicadas. Para la psicología, sin embargo, es indiferente si en el cuerpo existe una sola sustancia estimulante sexual, o dos, o un sinnúmero de ellas. El psicoanálisis nos ha enseñado a manejarnos con una sola libido, aunque sus fines, o sea, sus modos de gratificación, puedan ser activos y pasivos. En esta antítesis sobre todo en la existencia de impulsos libidinales con fines pasivos, radica el resto de nuestro problema.
 
Estudiando la literatura analítica sobre nuestro tema, llégase a la conclusión de que cuanto aquí hemos expuesto ya ha sido dicho en ella. Por consiguiente, no habría sido necesario publicar este trabajo, si no fuese porque un sector de la investigación que es tan difícilmente accesible, cualquier comunicación sobre las propias experiencias y las conclusiones personales, puede tener valor. Además, creo haber definido con mayor precisión y aislado más estrictamente determinados puntos. Algunos de los otros trabajos sobre el tema son un tanto confusos, debido a que consideran simultáneamente los problemas del super-yo y del sentimiento de culpabilidad. He procurado eludir tal confusión, y, además, al describir los diversos resultados finales de esta fase evolutiva, me he abstenido de abordar las complicaciones que se producen cuando la niña, defraudada en su relación con el padre, retorna a la vinculación abandonada con la madre, o bien, en el curso de su vida, fluctúa repetidamente entre ambas actitudes. Precisamente, empero, porque mi trabajo es sólo una contribución entre otras, puedo excusarme de considerar exhaustivamente la bibliografía sobre el tema, limitándome a destacar los más importantes puntos de contacto con algunos de dichos trabajos y las más considerables discrepancias con otros. 
La descripción que hizo Abraham (1921) de las manifestaciones del complejo de castración femenino no ha sido superada todavía; pero quisiéramos ver incluida en ella el factor de la exclusiva vinculación primitiva con la madre. No puedo menos que declararme de acuerdo con los puntos principales expuestos en el importante trabajode Jeanne Lampl-de-Groot (1927), quien reconoce que la fase preedípica es totalmente idéntica en el varón y en la niña, y que también afirma, demostrándolo con sus propias observaciones, que la niña despliega frente a la madre una actividad sexual (fálica). La autora atribuye el desprendimiento de la madre a la influencia de la castración reconocida por la niña, que la obligaría a abandonar su objeto sexual y con ello a menudo también la masturbación.

Para describir el desarrollo completo adoptó la fórmula de que la niña debe pasar por una fase de complejo de Edipo «negativo» antes de poder ingresar en su fase positiva. Sin embargo, en un punto creo que esta exposición es inadecuada: al representar el desprendimiento de la madre como un mero cambio de objeto sin tener en cuenta que se lleva a cabo bajo los más evidentes signos de hostilidad. Este factor de la hostilidad es plenamente considerado en el último trabajo de Helene Deutsch sobre el tema (1930), en el cual reconoce asimismo la actividad fálica de la niña y la intensidad de su vinculación a la madre. Helene Deutsch también indica que el viraje hacia el padre se realiza a través de las tendencias pasivas que ya se han despertado en la niña en su relación con la madre. En su libro anterior (1925) sobre el psicoanálisis de las funciones sexuales femeninas, dicha autora aún no había superado la tendencia a aplicar el esquema edípico también a la fase preedípica, de modo que interpretó entonces la actividad fálica de la niña pequeña como una identificación con el padre. 
Fenichel (1930) destaca con razón la dificultad de reconocer qué parte del material producido durante el análisis corresponde al contenido intacto de la fase preedípica y qué parte del mismo ha sido deformada en sentido regresivo o en otro cualquiera. No acepta la actividad fálica de la niña pequeña según el concepto de Jeanne Lampl-de-Groot, y también rechaza la «anticipación» del complejo de Edipo preconizada por Melanie Klein (1928), quien lo hace remontar ya al comienzo del segundo año de vida. Esta determinación cronológica, que también modifica necesariamente nuestra concepción de todas las demás condiciones evolutivas, no concuerda, en efecto, con cuanto nos enseñan los análisis de los adultos, y es particularmente incompatible con mis comprobaciones acerca de la larga duración de la vinculación preedípica de la niña con la madre. Tal contradicción podría ser atenuada teniendo en cuenta que todavía no nos es posible discernir en este terreno lo que ha sido rígidamente fijado por leyes biológicas de lo que es susceptible de cambios y desplazamientos bajo el influjo de las vivencias accidentales. Sabemos hace tiempo que la seducción puede tener por efecto acelerar y estimular la madurez del desarrollo sexual infantil, y es muy posible que también otros factores actúen en idéntico sentido, como, por ejemplo, la edad del niño al nacer los hermanos o al descubrir la diferencia entre los sexos, la observación directa de las relaciones sexuales, la actitud de los padres en el sentido de conquistar o rechazar su afecto, y así sucesivamente.


Algunos autores tienden a menoscabar la importancia de las primeras y más primitivas pulsiones libidinales del niño, en favor de procesos evolutivos ulteriores, de modo que aquéllas quedarían reducidas -para expresarlo en su forma más extrema- al papel de establecer meramente determinadas orientaciones, mientras que la intensidad con la cual estos desarrollos se llevan a cabo dependerá de las regresiones y formaciones reactivas ulteriores. Así, por ejemplo, Karen Horney (1926) opina que exageramos considerablemente la primitiva envidia fálica de la niña y que la intensidad de la tendencia a la masculinidad ulteriormente desarrollada debe ser atribuida a una envidia fálica secundaria, que sería aplicada para rechazar los impulsos femeninos, en particular los relacionados con la vinculación femenina al padre. Esto no concuerda con la impresión que yo mismo pude formarme. Por seguro que sea que las primeras tendencias libidinales son reforzadas ulteriormente por regresiones y por formaciones reactivas, y por difícil que sea estimar la fuerza relativa de los diversos componentes Iibidinales que confluyen, creo, sin embargo, que no deberíamos dejar de reconocer que aquellos primeros impulsos tienen una intensidad propia, superior siempre a cuanto sobreviene después, una intensidad que en realidad sólo puede ser calificada de inconmensurable. Ciertamente es exacto que entre la vinculación al padre y eI complejo de masculinidad reina una antítesis -la antítesis general entre actividad y pasividad, entre masculinidad y femineidad-, pero eso no nos da el derecho de suponer que únicamente aquélla sería primaria, mientras que el segundo sólo debería su fuerza al proceso defensivo. Y si la defensa contra la femineidad llega a adquirir tal energía, ¿de qué fuente puede derivar su fuerza, sino del afán de masculinidad, que halló su primera expresión en la envidia fálica de la niña y que por eso bien merece ser calificado con el nombre de ésta? 
http://pilariglesiasnicolaspsico.jimdo.com/%C3%A1rea-de-trabajo-educaci%C3%B3n-para-la-salud/sobre-la-sexualidad-femenina/

sábado, 28 de mayo de 2016

SIGMUND FREUD LA FEMINIDAD (1938)

33ª conferencia. La feminidad

(1)Señoras y señores: Todo el tiempo en que me preparaba para hablarles luché con una dificultad interior. No me siento seguro de mi buen derecho, por así decir. Es verdad que el psicoanálisis ha cambiado y se ha enriquecido en los últimos quince años de trabajo, pero por eso mismo una introducción al psicoanálisis podría quedar intacta y sin complementos. De continuo me acude la idea de que estas conferencias carecen de justificación. A los analistas les digo demasiado poco, y nada, pero nada, nuevo; en cambio, a ustedes les digo demasiado, y cosas tales para cuya comprensión no están preparados, y no son adecuadas para ustedes. He estado al acecho de cada excusa que se me presentaba, y pretendí justificar cada una de las conferencias con un fundamento diferente. La primera, sobre la teoría del sueño, estaba destinada a volver a situarlos de un golpe en medio de la atmósfera analítica y a mostrarles cuán sólidas han demostrado ser nuestras intuiciones. A abordar la segunda, que marcha por el sendero que lleva desde el sueño hacia el llamado ocultismo, me incitó la oportunidad de decir mi palabra imparcial sobre un campo de trabajo en que hoy combaten entre sí expectativas prejuiciosas y resistencias apasionadas, y tenía derecho a esperar que el juicio de ustedes, educado para la tolerancia en el ejemplo del psicoanálisis, no se rehusaría a acompañarme en esa excursión. La tercera conferencia, sobre la descomposición de la personalidad, les planteó sin duda las más rigurosas exigencias, tan extraño era su contenido; pero yo no podía mantenerles en reserva ese primer esbozo de psicología del yo, y si lo hubiéramos poseído quince años atrás, ya entonces habría debido mencionárselo. Por fin, la última conferencia, que ustedes probablemente sólo pudieron seguir con gran trabajo, aportó rectificaciones necesarias, nuevos intentos de solucionar los más importantes enigmas, y si yo hubiera callado sobre eso, mi ensayo de introducirlos {Einführung} a ustedes se habría convertido en uno de extraviarlos {Irreführung}. Ya ven: cuando uno se pone a disculparse, termina por afirmar que todo era inevitable, todo era fatal, Me avengo a ello; les ruego que lo hagan también.En cuanto a la conferencia de hoy, no debiera tener cabida en una introducción, pero acaso les sirva como muestra de un trabajo analítico de detalle, y puedo decir dos cosas para recomendarla. No ofrece nada más que hechos observados, casi sin añadido de especulación, y se ocupa de un tema que posee títulos para atraer el interés de ustedes como difícilmente otro los tenga. El enigma de la feminidad ha puesto cavilosos a los hombres de todos los tiempos:«Cabezas con gorros jeroglíficos,cabezas de turbante, otras de negra birreta,cabezas con peluca, y millaresde pobres, traspiradas cabezas humanas ... »(2)Tampoco ustedes, sí son varones, estarán a salvo de tales quebraderos de cabeza; de las mujeres presentes, no se espera que sean tal enigma para sí mismas. Masculino y femenino es la primera diferencia que ustedes hacen cuando se encuentran con otro ser humano, y están habituados a establecerla con resuelta certidumbre. La ciencia anatómica comparte esa certidumbre en un punto, pero no mucho más. Masculino es el producto genésico masculino, el espermatozoide, y su portador; femenino, el óvulo y el organismo que lo alberga. En ambos sexos se han formado órganos que sirven exclusivamente a las funciones genésicas, y es probable que se hayan desarrollado a partir de una misma disposición en dos diferentes configuraciones. Además, los otros órganos, las formas del cuerpo y los tejidos se muestran en ambos influidos por el sexo, pero de manera inconstante y en medida variable; son los llamados «caracteres sexuales secundarios». Luego la ciencia les dice otra cosa que contraría sus expectativas y es probablemente apta para confundir sus sentimientos. Les hace notar que partes del aparato sexual masculino se encuentran también en el cuerpo de la mujer, si bien en un estado de atrofia, y lo mismo es válido para el otro sexo. Ella ve en este hecho el indicio de una bisexualidad (3), como si el individuo no fuera varón o mujer, sino ambas cosas en cada caso, sólo que más lo uno que lo otro. Entonces se los exhortará a ustedes a familiarizarse con la idea de que la proporción en que lo masculino y lo femenino se mezclan en el individuo sufre oscilaciones muy notables. Pero como, a pesar de ello y prescindiendo de casos rarísimos, en una persona está presente sólo una clase de productos genésicos -óvulos o células de semen-, no podrán ustedes menos que desconcertarse en cuanto al valor decisorio de estos elementos y extraer la conclusión de que aquello que constituye la masculinidad o la feminidad es un carácter desconocido que la anatomía no puede aprehender.¿Podrá hacerlo la psicología? Estamos habituados a usar «masculino» y «femenino» también como cualidades anímicas, y de igual modo hemos trasferido el punto de vista de la bisexualidad a la vida anímica. Decimos entonces que un ser humano, sea macho o hembra, se comporta en este punto masculina y en estotro femeninamente. Pero pronto verán ustedes que lo hacemos por mera docilidad a la anatomía y a la convención. No es posible dar ningún contenido nuevo a los conceptos de masculino y femenino. Ese distingo no es psicológico; cuando ustedes dicen «masculino», por regla general piensan en «activo», y en «pasivo» cuando dicen «femenino». Es cierto que existe una relación así. La célula genésica masculina se mueve activamente, busca a la femenina, y el óvulo permanece inmóvil, aguardando de manera pasiva. Y aun esta conducta de los organismos genésicos elementales es paradigmática para el comportamiento de los individuos en el comercio sexual. El macho persigue a la hembra con el fin de la unión sexual, la apresa y penetra en ella. Pero así habrán reducido ustedes, para la psicología, el carácter de lo masculino al factor de la agresión. Y empezarán a dudar de haber dado con algo esencial si piensan que en muchas clases de animales las hembras son las más fuertes y agresivas, y los machos son activos exclusivamente en el acto de la unión sexual. Tal sucede, por ejemplo, en las arañas. Las funciones de la crianza, que nos parecen por excelencia femeninas, tampoco se asocian entre los animales de una manera regular con el sexo femenino. En especies muy adelantadas en la escala zoológica se obser va que los sexos se distribuyen la tarea de la cría, o aun sólo el macho se consagra a ella. También en el campo de la vida sexual humana notarán enseguida cuán insuficiente es hacer corresponder conducta masculina con actividad, y femenina con pasividad. La madre es en todo sentido activa hacia el hijo, y hasta respecto del acto de mamar puede decirse tanto que ella da de mamar al niño cuanto que lo deja mamar de ella. Y mientras más se alejen del ámbito estrictamente sexual, más nítido se les volverá ese error de superposición» (4). Las mujeres pueden desplegar gran actividad en diversas direcciones, y los varones no pueden convivir con sus iguales si no desarrollan un alto grado de docilidad pasiva. Si ahora me adujeran que justamente esos hechos contendrían la prueba de que tanto varones como mujeres son bisexuales en sentido psicológico, yo inferiría que se han decidido de manera tácita a hacer coincidir «activo» con «masculino» y «pasivo» con «femenino». Pero se los desaconsejo. Me parece inadecuado y no aporta ningún discernimiento nuevo (5). Podría intentarse caracterizar psicológicamente la feminidad diciendo que consiste en la predilección por metas pasivas. Desde luego, esto no es idéntico a pasividad; puede ser necesaria una gran dosis de actividad para alcanzar una meta pasiva. Quizás ocurra que desde el modo de participación de la mujer en la función sexual se difunda a otras esferas de su vida la preferencia por una conducta pasiva y unas aspiraciones de meta pasiva, en extensión variable según el imperio limitado o vasto de ese paradigma que sería su vida sexual. No obstante, debemos cuidarnos de pasar por alto la influencia de las normas sociales, que de igual modo esfuerzan a la mujer hacia situaciones pasivas. Todo esto es todavía muy oscuro. No descuidaremos la existencia de un vínculo particularmente constante entre feminidad y vida pulsional. Su propia constitución le prescribe a la mujer sofocar su agresión, y la sociedad se lo impone; esto favorece que se plasmen en ella intensas mociones masoquistas, susceptibles de ligar eróticamente las tendencias destructivas vueltas hacia adentro. El masoquismo es entonces, como se dice, auténticamente femenino. Pero si, como ocurre con tanta frecuencia, se topan ustedes con el masoquismo en varones, ¿qué otra cosa les resta sí no decir que estos varones muestran rasgos femeninos muy nítidos?Ahora ya están ustedes preparados para que tampoco la psicología resuelva el enigma de la feminidad. Ese esclarecimiento, en efecto, tiene que venir de otro lado, y no se obtendrá hasta que no averigüemos cómo ha nacido, en general, la diferenciación del ser vivo en dos sexos. Nada sabemos sobre eso, a pesar de que la división en dos sexos es un carácter harto llamativo de la vida orgánica, que la separa tajantemente de la naturaleza inanimada. Entretanto, tenemos abundante materia de estudio en los individuos humanos que por la posesión de genitales femeninos se caracterizan como pertenecientes a ese sexo de una manera manifiesta o predominante. Pues bien; el psicoanálisis, por su particular naturaleza, no pretende describir qué es la mujer -una tarea de solución casi imposible para él-, sino indagar cómo deviene, cómo se desarrolla la mujer a partir del niño de disposición bisexual. Algo hemos averiguado sobre esto en los últimos tiempos, merced a la circunstancia de que varias de nuestras distinguidas colegas han comenzado a elaborar esta cuestión en el análisis. La discusión sobre ella cobró particular atractivo en virtud de la diferencia misma entre los sexos; en efecto, cada vez que una comparación parecía resultar desfavorable a su sexo, nuestras damas podían exteriorizar la sospecha de que nosotros, los analistas varones, no habíamos podido superar ciertos prejuicios hondamente arraigados contra la feminidad y lo pagábamos con el carácter parcial de nuestra investigación. Y a nosotros nos resultaba fácil, situándonos en el terreno de la bisexualidad, evitar toda descortesía. No teníamos más que decir: «Eso no es válido para ustedes; son una excepción, más masculinas que femeninas en este punto».Abordamos la indagación del desarrollo sexual femenino con dos expectativas. la primera, que tampoco en este caso la constitución ha de plegarse sin renuencia a la función; la segunda, que los cambios decisivos ya se habrán encaminado o consumado antes de la pubertad. Ambas se confirman pronto. Además, una comparación con las constelaciones estudiadas en el varón nos dice que el desarrollo de la niña pequeña hasta la mujer normal es más difícil y complicado, pues incluye dos tareas adicionales que no tienen correlato alguno en el desarrollo del varón. Persigamos los paralelismos desde el comienzo. Por supuesto, ya el material mismo difiere entre el varón y la niña; no hace falta ningún psicoanálisis para comprobarlo. La diferencia en la conformación de los genitales es acompañada por otras desemejanzas corporales demasiado conocidas para que sea preciso mencionarlas. También surgen diferencias en la disposición pulsional, que permiten vislumbrar la posterior naturaleza de la mujer. La niña pequeña es por regla general menos agresiva y porfiada, se basta menos a sí misma, parece tener más necesidad de que se le demuestre ternura, y por eso ser más dependiente y dócil. El hecho de que se la pueda educar con mayor facilidad y rapidez para el gobierno de las excreciones no es, probablemente, sino la consecuencia de aquella docilidad; en efecto, la orina y las heces son los primeros regalos que el niño hace a las personas que lo cuidan, y su gobierno es la primera concesión que puede arrancarse a la vida pulsional infantil. También se recibe la impresión de que la niña pequeña es más inteligente y viva que el varoncito de la misma edad, que se muestra más solícita hacia el mundo exterior, y que sus investiduras de objeto poseen mayor intensidad que las de aquel. No sé si este adelanto en el desarrollo se ha comprobado mediante observaciones exactas, pero lo cierto es que no puede atribuirse a la niña un retraso intelectual. Sin embargo, esas diferencias entre los sexos no cuentan mucho, pueden ser contrarrestadas por variaciones individuales. Para nuestros propósitos inmediatos podemos dejarlas de lado.Los dos sexos parecen recorrer de igual modo las primeras fases del desarrollo libidinal. Habría podido esperarse que ya en la fase sádico-anal se exteriorizara en la niña pequeña un rezago de la agresión, pero no es así. El análisis del juego infantil ha mostrado a nuestras analistas mujeres que los impulsos agresivos de las niñas no dejan nada que desear en materia de diversidad y violencia. Con el ingreso en la fase fálica, las diferencias entre los sexos retroceden en toda la línea ante las concordancias. Ahora tenemos que admitir que la niña pequeña es como un pequeño varón. Según es sabido, esta fase se singulariza en el varoncito por el hecho de que sabe procurarse sensaciones placenteras de su pequeño pene, y conjuga el estado de excitación de este con sus representaciones de comercio sexual. Lo propio hace la niña con su clítoris, aún más pequeño. Parece que en ella todos los actos onanistas tuvieran por teatro este equivalente del pene, y que la vagina, genuinamente femenina, fuera todavía algo no descubierto para ambos sexos. Es cierto que algunas voces aisladas informan acerca de sensaciones vaginales prematuras, pero no parece fácil distinguirlas de sensaciones en el ano o el vestíbulo; en ningún caso pueden desempeñar gran papel. Ello nos autoriza a establecer que en la fase fálica de la niña el clítoris es la zona erógena rectora. Pero no está destinada a seguir siéndolo; con la vuelta hacia la feminidad el clítoris debe ceder en todo o en parte a la vagina su sensibilidad y con ella su valor, y esta sería una de las dos tareas que el desarrollo de la mujer tiene que solucionar, mientras que el varón, con más suerte, no necesita sino continuar en la época de su madurez sexual lo que ya había ensayado durante su temprano florecimiento sexual.Hemos de volver luego sobre el papel del clítoris; consideremos ahora la segunda tarea que gravita sobre el desarrollo de la niña. El primer objeto de amor del varoncito es la madre, quien lo sigue siendo también en la formación del complejo de Edipo y, en el fondo, durante toda la vida. También para la niña tiene que ser la madre -y las figuras del ama y la niñera, que se fusionan con ella- el primer objeto; en efecto, las primeras investiduras de objeto se producen por apuntalamiento en la satisfacción de las grandes y simples necesidades vitales (6), y las circunstancias de la crianza son las mismas para los dos sexos. Ahora bien, en la situación edípica es el padre quien ha devenido objeto de amor para la niña, y esperamos que en un desarrollo de curso normal esta encuentre, desde el objeto-padre, el camino hacia la elección definitiva de objeto. Por lo tanto, con la alternancia de los períodos la niña debe trocar zona erógena y objeto, mientras que el varoncito retiene ambos. Así nace el problema de averiguar cómo ocurre esto y, en particular, cómo pasa la niña de la madre a la ligazón con el padre o, con otras palabras, de su fase masculina a la femenina, que es su destino biológico.En este punto conseguiríamos una solución ideal por su simplicidad si estuviéramos autorizados a suponer que a partir de determinada edad rige el influjo elemental de la atracción recíproca entre los sexos, que esforzaría a la mujercita hacia el varón, mientras que la misma ley permitiría al varoncito perseverar en la madre. Y aun cabría conjeturar que los niños siguen en esto las señales que les imparte la predilección sexual de sus progenitores. Pero no nos será deparada una tan fácil solución; ni siquiera sabemos si nos es lícito creer en serio en ese misterioso poder, ya no susceptible de descomposición analítica, que tanto entusiasma a los poetas. Laboriosas indagaciones nos han proporcionado una información de tipo muy diverso, para la cual al menos es fácil procurarse el material. Es esta: ustedes saben que es muy grande el número de mujeres que hasta épocas tardías permanecen en la dependencia tierna respecto del objeto-padre, y aun del padre real. En tales mujeres de intensa y duradera ligazón-padre hemos hecho sorprendentes comprobaciones. Sabíamos, desde luego, que había existido un estadio previo de ligazón-madre, pero no sabíamos que pudiera poseer un contenido tan rico, durar tanto tiempo, dejar como secuela tantas ocasiones para fijaciones y predisposiciones. Durante ese período el padre es sólo un fastidioso rival; en muchos casos la ligazón-madre dura hasta pasado el cuarto año. Casi todo lo que más tarde hallamos en el vínculo con el padre preexistió en ella, y fue trasferido de ahí al padre. En suma, llegamos al convencimiento de que no se puede comprender a la mujer si no se pondera esta fase de la ligazón-madre preedípica.Ahora querremos saber cuáles son los vínculos libidinosos de la niña con la madre. He aquí la respuesta: son muy diversos. Puesto que atraviesan por las tres fases de la sexualidad infantil, cobran los caracteres de cada una de ellas, se expresan mediante deseos orales, sádico-anales y fálicos. Esos deseos subrogan tanto mociones activas como pasivas; si se los refiere -cosa que debe evitarse en lo posible- a la diferenciación entre los sexos, cuya emergencia es posterior, se los puede llamar masculinos y femeninos. Además, son por completo ambivalentes, tanto de naturaleza tierna como hostil-agresiva. Estos últimos suelen salir a la luz únicamente después que han sido mudados en representaciones de angustia. No siempre es fácil pesquisar la formulación de estos tempranos deseos sexuales; el que se expresa con mayor nitidez es el de hacerle un hijo a la madre, así como su correspondiente, el de parirle un hijo, ambos pertenecientes al período fálico, bastante extraños, pero comprobados fuera de duda por la observación analítica. El atractivo de estas indagaciones reside en los sorprendentes descubrimientos que nos proporcionan. Por ejemplo, ya en este período preedípico se descubre, referida a la madre, la angustia de ser asesinado o envenenado, que más tarde puede constituir el núcleo de una paranoia. 0 este otro caso: Recuerdan ustedes un interesante episodio de la historia de la investigación analítica que me hizo pasar muchas horas penosas. En la época en que el principal interés se dirigía al descubrimiento de traumas sexuales infantiles, casi todas mis pacientes mujeres me referían que habían sido seducidas por su padre. Al fin tuve que llegar a la intelección de que esos informes eran falsos, y así comprendí que los síntomas histéricos derivan de fantasías, no de episodios reales. Sólo más tarde pude discernir en esta fantasía de la seducción por el padre la expresión del complejo de Edipo típico en la mujer. Y ahora reencontramos la fantasía de seducción en la prehistoria preedípica de la niña, pero la seductora es por lo general la madre. Empero, aquí la fantasía toca el terreno de la realidad, pues fue efectivamente la madre quien a raíz de los menesteres del cuidado corporal provocó sensaciones placenteras en los genitales, y acaso hasta las despertó por vez primera (7).No dudo de que estarán prestos a sospechar que es recargada esta pintura de la riqueza y la intensidad de los vínculos sexuales de la niña pequeña con su madre. Cada quien tiene oportunidad de ver niñas pequeñas y no les nota nada parecido. Pero la objeción no es válida; es posible ver en los niños hartas cosas si se sabe observarlos, y, además, reparen ustedes en lo poco que el niño puede expresar o aun comunicar sobre sus deseos sexuales. No hacemos entonces sino valernos de un buen derecho si estudiamos con posterioridad los residuos y consecuencias de ese universo de sentimientos en personas en quienes esos procesos de desarrollo han alcanzado una plasmación particularmente nítida o hasta hipertrófica. En efecto, la patología nos ha prestado siempre el servicio de darnos a conocer por aislamiento y exageración constelaciones que en la normalidad habrían permanecido ocultas. Y como nuestras indagaciones en modo alguno se realizaron en personas que padecieran una anormalidad grave, yo creo que estamos autorizados a considerar fidedignos sus resultados.Dirijamos ahora nuestro interés a este problema preciso: ¿A raíz de qué, pues, se va a pique {se va al fundamento} esta potente ligazón-madre de la niña? Sabemos que ese es su destino habitual: está destinada a dejar sitio a la ligazón-padre. Tropezamos entonces con un hecho que nos indica el camino a seguir. En este paso del desarrollo no se trata de un simple cambio de vía del objeto. El extrañamiento respecto de la madre se produce bajo el signo de la hostilidad, la ligazón-madre acaba en odio. Ese odio puede ser muy notable y perdurar toda la vida, puede ser cuidadosamente sobrecompensado más tarde; por lo común una parte de él se supera y otra permanece. Sobre esto ejercen fuerte influencia, desde luego, los episodios de años posteriores. Pero limitémonos a estudiarlo en la época de la vuelta hacia el padre y a indagar sus motivaciones. Escuchamos entonces una larga lista de acusaciones y cargos contra la madre, destinados a justificar los sentimientos hostiles del niño; son de muy diverso valor, cuya ponderación no omitiremos. Muchos son racionalizaciones manifiestas; queda a nuestro cargo hallar las fuentes reales de la hostilidad. Ahora he de guiarlos por todos los detalles de una indagación psicoanalítica; espero que esto les interesará mucho.De esos reproches a la madre, el que se remonta más atrás es el de haber suministrado poca leche al niño, lo cual es explicitado como falta de amor. Ahora bien, en nuestras familias este reproche tiene cierta justifiicación. A menudo las madres no poseen alimento suficiente para el niño y se limitan a amamantarlo algunos meses, medio año o tres trimestres. Entre pueblos primitivos, los niños son alimentados en el pecho materno hasta los dos o tres años. La figura de la nodriza nutricia se fusiona por lo común con la de la madre; cuando esto no acontece, el reproche se muda en este otro: que la madre despidió demasiado pronto a la nodriza, quien alimentaba al niño con tan buena disposición. Pero cualquiera que haya sido la situación real, es imposible que el reproche del hijo esté justificado tantas veces como se lo encuentra. Parece más bien que el ansia del niño por su primer alimento es lisa y llanamente insaciable, y que nunca se consoló de la pérdida del pecho materno. No me sorprendería nada que el análisis de un primitivo, pese a que este tiene permitido mamar del pecho materno cuando ya puede correr y hablar, sacara a la luz el mismo reproche.Hasta es probable que la angustia de envenenamiento tenga íntima relación con el destete. Veneno es el alimento que a uno le hace mal. Acaso el niño atribuya sus primeras enfermedades a esa denegación. Es que hace falta ya una buena dosis de adiestramiento intelectual para creer en el azar; el primitivo, el ignorante, y sin duda también el niño, saben indicar una razón para todo lo que sucede. Quizás originariamente fue un motivo en el sentido del animismo. Todavía hoy, en muchos estratos de nuestra población no puede morir nadie sin que se crea que fue asesinado por otro, de preferencia el médico. Y la reacción neurótica regular ante la muerte de una persona allegada es, también, la autoinculpación de que uno mismo ha causado esa muerte.La próxima acusación a la madre se aviva cuando el siguiente hijo aparece en su cuna. Si es posible, retiene el nexo con la denegación oral. La madre no quiso o no pudo dar más leche al niño porque necesitaba el alimento para el recién llegado. En los casos en que los niños se llevan tan poca diferencia de edad que la segunda gravidez interfiere la lactancia, este reproche cobra por cierto una base real y, asombrosamente, ni siquiera con una diferencia de sólo 11 meses es el niño demasiado joven para percatarse de la situación. Pero el amamantamiento no es lo único que enemista al niño con el indeseado intruso y rival; igual efecto traducen todos los otros signos del cuidado materno. Se siente destronado, despojado, menoscabado en sus derechos,arroja un odio celoso sobre el hermanito y desarrolla hacia k. madre infiel una inquina que muy a menudo se expresa en una desagradable alteración de su conducta. Se vuelve acaso «díscolo», irritable, desobediente, e involuciona en sus conquistas sobre el gobierno de las excreciones. Todo esto es sabido desde hace mucho tiempo y se acepta como evidente, pero es raro que nos formemos la representación cabal de la intensidad de esas mociones celosas, de la tenacidad con que permanecen adheridas, así como de la magnitud de su influjo sobre el desarrollo posterior; en particular, porque esos celos reciben continuo alimento en los años siguientes de la niñez, y toda la conmoción se repite con cada nuevo hermanito. No cambia mucho las cosas que el niño siga siendo el preferido de la madre; las exigencias de amor de los niños no tienen medida, exigen exclusividad, no admiten ser compartidas.Una rica fuente para la hostilidad del niño hacia su madre la proporcionan sus múltiples deseos sexuales, variables de acuerdo con la fase libidinal, y que casi nunca pueden ser satisfechos. La más intensa de estas denegaciones se produce en el período fálico, cuando la madre prohibe el quehacer placentero en los genitales -a menudo con duras amenazas y todos los signos del disgusto-, hacia el cual, empero, ella misma había orientado al niño. Uno creería que son motivos suficientes para fundar el extrañamiento de la niña respecto de su madre. Se juzgaría, entonces, que esa discordia se sigue inevitablemente de la naturaleza de la sexualidad infantil, lo desmedido de las exigencias de amor y la imposibilidad de cumplir los deseos sexuales. 0 se podría pensar que este primer vínculo de amor del niño está condenado al sepultamiento justamente porque es el primero, pues esas tempranas investiduras de objeto son por lo general ambivalentes en alto grado; junto al amor intenso está siempre presente una intensa inclinación agresiva, y cuanto más apasionadamente ame el niño a su objeto, tanto más sensible se volverá para los desengaños y denegaciones de su parte. Al fin, el amor tendrá que sucumbir a la hostilidad acumulada. 0 bien uno puede desautorizar esa ambivalencia originaria de las investiduras de amor y apuntar que es la particular naturaleza de la relación madre-hijo la que con igual inevitabilidad lleva a la perturbación del amor infantil, pues aun la educación más blanda no puede hacer otra cosa que ejercer compulsión e introducir limitaciones, y cada una de estas intromisiones en su libertad tiene que producir en el niño, como reacción, la inclinación a rebelarse y agredir. Creo que el examen de estas posibilidades podría volverse muy interesante, pero interviene de pronto una objeción que empuja nuestro interés hacia otro rumbo. Todos estos factores las postergaciones, los desengaños de amor, los celos, la seducción -con la prohibición subsiguiente- adquieren sin duda eficacia también en la relación del varoncito con su madre, pero no son capaces de enajenarlo del objeto-madre. Si no hallamos algo que sea específico para la niña y no se presente en el varoncito, o no lo haga de igual modo, no habremos explicado el desenlace de la ligazón-madre en aquella.Creo que hemos hallado ese factor específico, y por cierto donde esperábamos hallarlo, si bien en forma sorprendente. Donde esperábamos hallarlo, digo, pues reside en el complejo de castración. Y en efecto, la diferencia anatómica [entre los sexos] no puede menos que imprimirse en consecuencias psíquicas. Pero fue una sorpresa enterarse, por los análisis, que la muchacha hace responsable a la madre de su falta de pene y no le perdona ese perjuicio.Como lo oyen, también a la mujer le atribuimos un complejo de castración. Y con buen fundamento; pero no puede tener el mismo contenido que en el varón. En este, el complejo de castración nace después que por la visión de unos genitales femeninos se enteró de que el miembro tan estimado por él no es complemento necesario del cuerpo. Entonces se acuerda de las amenazas que se atrajo por ocuparse de su miembro, empieza a prestarles creencia, y a partir de ese momento cae bajo el influjo de la angustia de castración, que pasa a ser el más potente motor de su ulterior desarrollo. El complejo de castración de la niña se inicia, asimismo, con la visión de los genitales del otro sexo. Al punto nota la diferencia y -es preciso admitirlo- su significación. Se siente gravemente perjudicada, a menudo expresa que le gustaría «tener también algo así», y entonces cae presa de la envidia del pene, que deja huellas imborrables en su desarrollo y en la formación de su carácter, y aun en el caso más favorable no se superará sin un serio gasto psíquico. Que la niña admita el hecho de su falta de pene no quiere decir que se someta sin más a él. Al contrario, se aferra por largo tiempo al deseo de llegar a tener algo así, cree en esa posibilidad hasta una edad inverosímilmente tardía, y aun en épocas en que su saber de la realidad hace mucho desechó por inalcanzable el cumplimiento de ese deseo, el análisis puede demostrar que se ha conservado en lo inconciente y ha retenido una considerable investidura energética. El deseo de obtener al fin el pene anhelado puede prestar todavía su contribución a los motivos que llevan a la mujer madura al análisis, y lo que razonablemente le cabe esperar de este último (p. ej., la aptitud para ejercer un oficio intelectual) es discernible a menudo como una metamorfosis sublimada de ese deseo reprimido.La importancia de la envidia del pene es indudable. Acaso lo juzguen un ejemplo de injusticia masculina si asevero que envidia y celos desempeñan en la vida anímica de las mujeres un papel todavía mayor que en la de los varones. No es que en estos últimos se encuentren ausentes tales cualidades, ni que en las mujeres no tuvieran otra raíz que la envidia del pene; pero nos inclinamos a atribuir a este último influjo el plus que hay en las mujeres. Sin embargo, en muchos analistas ha surgido la tendencia de rebajar el valor de esa primera oleada de envidia del pene dentro de la fase fálica. A su juicio, lo que de esa actitud se encuentra en la mujer es, en lo esencial, una formación secundaria producida en oportunidad de posteriores conflictos por vía de regresión a aquella moción de la primera infancia. Ahora bien, es este un problema general de la psicología de lo profundo. Respecto de muchas actitudes pulsionales patológicas -o aun sólo insólitas-, por ejemplo todas las perversiones sexuales, cabe preguntar cuánto de su intensidad debe atribuirse a fijaciones de la primera infancia y cuánto al influjo de vivencias o desarrollos posteriores. Casi siempre se trata ahí de unas series complementarias como las que supusimos en la elucidación de la etiología de las neurosis (8). Ambos factores participan con proporciones alternas en la causación; una disminución en uno de los lados es compensada por un aumento en el otro. Lo infantil es en todos los casos lo que marca la dirección; no siempre es lo decisivo, pero sí lo es muy a menudo. justamente en el caso de la envidia del pene yo sustentaría sin vacilar la preeminencia del factor infantil.El descubrimiento de su castración es un punto de viraje en el desarrollo de la niña. De ahí parten tres orientaciones del desarrollo: una lleva a la inhibición sexual o a la neurosis; la siguiente, a la alteración del carácter en el sentido de un complejo de masculinidad, y la tercera, en fin, a la feminidad normal.Acerca de las tres hemos averiguado bastante, si bien no todo. El contenido esencial de la primera es que la niña pequeña, que hasta ese momento había vivido como varón, sabía procurarse placer por excitación de su clítoris y relacionaba este quehacer con sus deseos sexuales, con frecuencia activos, referidos a la madre, ve estropearse el goce de su sexualidad fálica por el influjo de la envidia del pene. La comparación con el varón, tanto mejor dotado, es una afrenta a su amor propio; renuncia a la satisfacción masturbatoria en el clítoris, desestima su amor por la madre y entonces no es raro que reprima una buena parte de sus propias aspiraciones sexuales. Es cierto que el extrañamiento respecto de la madre no se produce de un golpe, pues la muchacha al comienzo considera su castración como una desventura personal, sólo poco a poco la extiende a otras personas del sexo femenino y, por último, también a la madre. Su amor se había dirigido a la madre fálica; con el descubrimiento de que la madre es castrada se vuelve posible abandonarla como objeto de amor, de suerte que pasan a prevalecer los motivos de hostilidad que durante largo tiempo se habían ido reuniendo. Vale decir, pues, que por el descubrimiento de la falta del pene la mujer resulta desvalorizada tanto para la niña como para el varoncito, y luego, tal vez, para el hombre.Todos ustedes saben cuán sorprendente valor etiológico conceden nuestros neuróticos a su onanismo. Lo responsabilizan de todos sus achaques y nos da mucho trabajo hacerles creer que están en un error. Pero en verdad deberíamos concederles que tienen razón, pues el onanismo es el poder ejecutivo de la sexualidad infantil, y a ellos justamente los aqueja el fallido desarrollo de esta última. Ahora bien, los neuróticos casi siempre echan la culpa al onanismo de la pubertad; al de la primera infancia, que es el que en realidad interesa, lo han olvidado las más de las veces. Querría tener algún día la oportunidad de probarles circunstanciadamente la importancia que adquieren todos los detalles fácticos del onanismo temprano para la posterior neurosis o el carácter del individuo: si fue descubierto o no, el modo en que los padres lo combatieron o toleraron, si el niño consiguió sofocarlos por sí mismo. Todo esto deja huellas imperecederas en su desarrollo. Pero más bien me alegra no tener que hacerlo aquí; sería una tarea larga, tediosa, y al final ustedes me pondrían en aprietos porque seguramente me pedirían consejos prácticos acerca de la conducta que uno debe adoptar en calidad de padre o de educador frente al onanismo de los niños pequeños (9). Pues bien; en el desarrollo de la niña, que estoy presentándoles, tienen un ejemplo en que el propio niño se empeña en librarse del onanismo. Pero no siempre lo consigue. Cuando la envidia del pene ha despertado un fuerte impulso contrario al onanismo clitorídeo y este, empero, no quiere ceder, se entabla una violenta lucha por liberarse; en esa lucha la niña asume ella misma, por así decir, el papel de la madre ahora destituida y expresa todo su descontento con el clítoris inferior en la repulsa a la satisfacción obtenida en él. Muchos años después, cuando el quehacer onanista hace largo tiempo que fue sofocado, se continúa un interés que debemos interpretar como defensa contra una tentación que se sigue temiendo. Se exterioriza en la emergencia de una simpatía hacia personas a quienes se atribuyen dificultades parecidas, entra como motivo del casamiento y hasta puede comandar la elección del marido o del compañero en el amor. En verdad, el modo en que se tramite la masturbación de la primera infancia no es asunto fácil ni indiferente.Con el abandono de la masturbación clitorídea se renuncia a una porción de actividad. Ahora prevalece la pasividad, la vuelta hacia el padre se consuma predominantemente con ayuda de mociones pulsionales pasivas. Ya lo disciernen ustedes: tal oleada de desarrollo, que remueve la actividad fálica, allana el terreno a la feminidad. Cuando no es mucho lo que a raíz de ello se pierde por represión, esa feminidad puede resultar normal. El deseo con que la niña se vuelve hacia el padre es sin duda, originariamente, el deseo del pene que la madre le ha denegado y ahora espera del padre. Sin embargo, la situación femenina sólo se establece cuando el deseo del pene se sustituye por el deseo del hijo, y entonces, siguiendo una antigua equivalencia simbólica, el hijo aparece en lugar del pene. No se nos escapa que la niña había deseado un hijo ya antes, en la fase fálica no perturbada; ese era, sin duda alguna, el sentido de su juego con muñecas. Pero ese juego no era propiamente la expresión de su feminidad; servía a la identificación-madre en el propósito de sustituir la pasividad por actividad. jugaba a la madre, y la muñeca era ella misma; entonces podía hacer con el hijo todo lo que la madre solía hacer con ella. Sólo con aquel punto de arribo del deseo del pene, el hijo-muñeca deviene un hijo del padre y, desde ese momento, la más intensa meta de deseo femenina. Es grande la dicha cuando ese deseo del hijo halla más tarde su cumplimiento en la realidad, y muy especialmente cuando el hijo es un varoncito, que trae consigo el pene anhelado. En la expresión compuesta «un hijo del padre», muy a menudo el acento recae sobre el hijo, y no insiste en el padre. Así,el antiguo deseo masculino de poseer el pene sigue trasluciéndose a través de la feminidad consumada. Pero quizá debiéramos ver en este deseo del pene, más bien, un deseo femenino por excelencia.Con la trasferencia del deseo hijo-pene al padre, la niña ha ingresado en la situación del complejo de Edipo. La hostilidad a la madre' que no necesita ser creada como si fuera algo nuevo, experimenta ahora un gran refuerzo, pues deviene la rival que recibe del padre todo lo que la niña anhela de él. Por largo tiempo el complejo de Edipo de la niña nos impidió ver esa ligazón-madre preedípica que, sin embargo, es tan importante y deja como secuela fijaciones tan duraderas. Para la niña, la situación edípica es el desenlace de un largo y difícil proceso, una suerte de tramitación provisional, una posición de reposo que no se abandona muy pronto, sobre todo porque el comienzo del período de latencia no está lejos. Y en este punto, en la relación del complejo de Edipo con el de castración, nos salta a la vista una diferencia entre los sexos, probablemente grávida en consecuencias. El complejo de Edipo del varoncito, dentro del cual anhela a su madre y querría eliminar a su padre como rival, se desarrolla desde luego a partir de la fase de su sexualidad fálica. Ahora bien, la amenaza de castración lo constriñe a resignar esta postura {actitud}. Bajo la impresión del peligro de perder el pene, el complejo de Edipo es abandonado, reprimido, en el caso más normal radicalmente destruido, y se instaura como su heredero un severo superyó. Lo que acontece en la niña es casi lo contrario. El complejo de castración prepara al complejo de Edipo en vez de destruirlo; por el influjo de la envidia del pene, la niña es expulsada de la ligazón-madre y desemboca en la situación edípica como en un puerto. Ausente la angustia de castración, falta el motivo principal que había esforzado al varoncito a superar el complejo de Edipo. La niña permanece dentro de él por un tiempo indefinido, sólo después lo deconstruye y aun entonces lo hace de manera incompleta. En tales constelaciones tiene que sufrir menoscabo la formación del superyó, no puede alcanzar la fuerza y la independencia que le confieren su significatividad cultural y ... las feministas no escucharán de buen grado si uno señala las consecuencias de este factor para el carácter femenino medio.Ahora volvamos atrás: mencionamos como la segunda de las reacciones posibles tras el descubrimiento de la castración femenina el desarrollo de un fuerte complejo de masculinidad. Se quiere significar con esto que, por así decir, la niña se rehusa a reconocer el hecho desagradable; con una empecinada rebeldía carga todavía más las tintas sobre la masculinidad que tuvo hasta entonces, mantiene su quehacer clitorídeo y busca refugio en una identificación con la madre fálica o con el padre. ¿Qué será lo decisivo para este desenlace? No podemos imaginar otra cosa que un factor constitucional, una proporción mayor de actividad, como suele ser característica del macho. Empero, lo esencial del proceso es que en este lugar del desarrollo se evita la oleada de pasividad que inaugura el giro {Wendung} hacia la feminidad. Como la operación más extrema de este complejo de masculinidad se nos aparece su influjo sobre la elección de objeto en el sentido de una homosexualidad manifiesta. Es verdad que la experiencia analítica nos enseña que la homosexualidad femenina rara vez o nunca continúa en línea recta a la masculinidad infantil. Parece deberse a que también esas muchachas toman por objeto al padre durante cierto lapso y se internan en la situación edípica. Pero luego son esforzadas a regresar a su anterior complejo de masculinidad en virtud de las infaltables desilusiones con el padre. No es lícito sobrestimar el valor de tales desengaños; tampoco le son ahorrados a la niña destinada a la feminidad, y en ella no producen igual resultado. El hiperpoder del factor constitucional parece indiscutible, pero las dos fases del desarrollo de la homosexualidad femenina se reflejan muy claramente en las prácticas de las homosexuales, que con la misma frecuencia e igual nitidez desempeñan los papeles de madre e hija como los de varón y mujer.Lo que acabo de referirles es, por llamarlo así, la prehistoria de la mujer. Es una adquisición de estos últimos años, y acaso les resultó interesante como muestra de un trabajo analítico de detalle. Puesto que el tema es la mujer misma, me permito mencionar esta vez algunos nombres propios de mujeres a quienes esta indagación debe contribuciones importantes. La doctora Ruth Mack Brunswick [1928b] fue la primera en describir un caso de neurosis que se remontaba a una fijación al estadio preedípico y no había alcanzado en modo alguno la situación edípica. Tenía la forma de una paranoia de celos y demostró ser accesible a la terapia. La doctora Jeanne Lampl-de Groot [1927] ha comprobado con observaciones ciertas la tan increíble actividad fálica de la niña hacia la madre, y la doctora Helene Deutsch [1932] demostró que los actos de amor de mujeres homosexuales reproducen los vínculos madre-hijo.No es mi propósito perseguir la ulterior conducta de la feminidad a través de la pubertad hasta llegar a la época de la madurez. Por lo demás, nuestras intelecciones resultarían insuficientes para ello. En lo que sigue reuniré algunos rasgos. Tomando como base la prehistoria, sólo destacar aquí que el despliegue de la feminidad está expuesto a ser perturbado por los fenómenos residuales de la prehistoria masculina. Las regresiones a las fijaciones de aquellas fases preedípicas son muy frecuentes; en muchos ciclos de vida se llega a una repetida alternancia de épocas en que predomina la masculinidad o la feminidad. Una parte de lo que nosotros los varones llamamos el «enigma femenino» acaso derive de esa expresión de bisexualidad en la vida de la mujer. Ahora bien, en el curso de estas indagaciones parece haber madurado el veredicto sobre otra cuestión. Hemos llamado «libido» a la fuerza pulsional de la vida sexual. La vida sexual está gobernada por la polaridad masculino-femenino; esto nos sugiere considerar la relación de la libido con esa oposición. No sorprendería si a cada sexualidad se subordinara su libido particular, de suerte que una clase de libido persiguiera las metas de la vida sexual masculina y otra las de la femenina. Pero no hay nada semejante. Existe sólo una libido, que entra al servicio de la función sexual tanto masculina como femenina. No podemos atribuirle sexo alguno; si de acuerdo con la equiparación convencional entre actividad y masculinidad queremos llamarla masculina, no debemos olvidar que subroga también aspiraciones de metas pasivas. Comoquiera que sea, la expresión «libido femenina» carece de todo justificativo. Además, es nuestra impresión que se ha ejercido sobre la libido mayor compulsión cuando se la presionó a entrar al servicio de la función femenina, y que para hablar teleológicamente la naturaleza puso menos cuidado en considerar las exigencias de esta última que en el caso de la masculinidad. Y acaso concebido otra vez en términos teleológicos esto tenga su fundamento en que el logro de la meta biológica es confiado a la agresión del varón y en alguna medida se lo ha vuelto independiente de la aquiescencia de la mujer.La frigidez sexual de la mujer, cuya frecuencia parece confirmar esa postergación, es un fenómeno mal comprendido. Psicógena muchas veces, y entonces accesible a la terapia, sugiere en otros casos la hipótesis de un condicionamiento constitucional, y aun la contribución de un factor anatómico.He prometido presentarles todavía algunas particularidades psíquicas de la feminidad madura, tal como las encontramos en la observación analítica. No reclamamos para estas aseveraciones más que un valor de verdad en el promedio; además, no siempre es fácil distinguir qué debe atribuirse al influjo de la función sexual y qué a la domesticación social. Adjudicamos a la feminidad, pues, un alto grado de narcisismo, que influye también sobre su elección de objeto, de suerte que para la mujer la necesidad de ser amada es más intensa que la de amar. En la vanidad corporal de la mujer sigue participando el efecto de la envidia del pene, pues ella no puede menos que apreciar tanto más sus encantos como tardío resarcimiento por la originaría inferioridad sexual (10) La vergüenza, considerada una cualidad femenina por excelencia, pero fruto de la convención en medida mucho mayor de lo que se creería, la atribuimos al propósito originario de ocultar el defecto de los genitales. No olvidamos que luego ha tomado sobre sí otras funciones. Se cree que las mujeres han brindado escasas contribuciones a los descubrimientos e inventos de la historia cultural, pero son tal vez las inventoras de una técnica: la del trenzado y tejido. Sí así fuera, uno estaría tentado a colegir el motivo inconciente de ese logro. La naturaleza misma habría proporcionado el arquetipo para esa imitación haciendo crecer el vello pubiano con la madurez genital, el vello que encubre los genitales. El paso que aún restaba dar consistió en hacer que adhirieran unos a otros los hilos, que en el cuerpo pendían de la piel y sólo estaban enredados. Si ustedes rechazan esta ocurrencia por fantástica, y consideran que es una idea fija mía la del influjo de la falta del pene sobre la conformación de la feminidad, yo quedo, naturalmente, indefenso.Las condiciones de la elección de objeto de la mujer se vuelven hartas veces irreconocibles por obra de las circunstancias sociales, Cuando puede mostrarse libremente, se produce a menudo siguiendo el ideal narcisista del varón que la niña había deseado devenir. Si ella ha permanecido dentro de la ligazón-padre -es decir, del complejo de Edipo-, elige según el tipo paterno. Puesto que en la vuelta desde la madre hacia el padre la hostilidad del vínculo ambivalente de sentimientos permaneció junto a la madre, tal elección debiera de asegurar un matrimonio dichoso. Pero muy a menudo interviene otro desenlace que en general amenaza esa tramitación del conflicto de ambivalencia. La hostilidad que se dejó atrás alcanza a la ligazón positiva y desborda sobre el nuevo objeto. El marido, que había heredado al padre, entra con el tiempo en posesión de la herencia materna. Entonces ocurre fácilmente que la segunda mitad de la vida de una mujer se llene con la lucha contra su marido, así como la primera, más breve, lo estuvo con la rebelión contra su madre. Tras desfogarse la reacción, es fácil que un segundo matrimonio se plasme de manera mucho más satisfactoria (11). Otra mudanza en el ser de la mujer, para la cual los amantes no están preparados, puede sobrevenir luego del nacimiento del primer hijo en el matrimonio. Bajo la impresión de la propia maternidad puede revivirse una identificación con la madre propia, identificación contra la cual la mujer se había rebelado hasta el matrimonio, y atraer hacia sí toda la libido disponible, de suerte que la compulsión de repetición reproduzca un matrimonio desdichado de los padres. Que el antiguo factor de la falta de pene no siempre ha perdido su fuerza se demuestra en la diversa reacción de la madre frente al nacimiento de un hijo según sea varón o mujer. Sólo la relación con el hijo varón brinda a la madre una satisfacción irrestricta; es en general la más perfecta, la más exenta de ambivalencia de todas las relaciones humanas (12). La madre puede trasferir sobre el varón la ambición que debió sofocar en ella misma, esperar de él la satisfacción de todo aquello que le quedó de su complejo de masculinidad. El matrimonio mismo no está asegurado hasta que la mujer haya conseguido hacer de su marido también su hijo, y actuar {aqieren} la madre respecto de él.La identificación-madre de la mujer permite discernir dos estratos: el preedípico, que consiste en la ligazón tierna con la madre y la toma por arquetipo, y el posterior, derivado del complejo de Edipo, que quiere eliminar a la madre y sustituirla junto al padre. De ambos estratos es mucho lo que queda pendiente para el futuro, y hasta hay derecho a decir que ninguno se supera en medida suficiente en el curso del desarrollo. Empero, la fase de la ligazón preedípica tierna es la decisiva para el futuro de la mujer; en ella se prepara la adquisición de aquellas cualidades con las que luego cumplirá su papel en la función sexual y costeará sus inapreciables rendimientos sociales. En esa identificación conquista también su atracción sobre el varón, atizando hasta el enamoramiento la ligazón-madre edípica de él. Sin embargo, con harta frecuencia sólo el hijo varón recibe lo que el varón pretendía para sí. Uno tiene la impresión de que el amor del hombre y el de la mujer están separados por una diferencia de fase psicológica.El hecho de que sea preciso atribuir a la mujer escaso sentido de la justicia tiene íntima relación con el predominio de la envidia en su vida anímica, pues el reclamo de justicia es un procesamiento de la envidia, indica la condición bajo la cual uno puede desistir de esta. También decimos acerca de las mujeres que sus intereses sociales son más endebles que los del varón, así como es menor su aptitud para la sublimación de lo pulsional. Lo primero deriva sin duda del carácter disocial que es rasgo inequívoco de todos los vínculos sexuales. Los amantes se bastan uno al otro y aun la familia es reacia a su inclusión en asociaciones más amplias (13). La aptitud para la sublimación está sujeta a las máximas variaciones individuales. En cambio, no puedo dejar de mencionar una impresión que se recibe una y otra vez en la actividad analítica. Un hombre que ronde la treintena nos aparece como un individuo joven, más bien inmaduro, del cual esperamos que aproveche abundantemente las posibilidades de desarrollo que le abre el análisis. Pero una mujer en la misma época de la vida nos aterra a menudo por su rigidez psíquica y su inmutabilidad. Su libido ha adoptado posiciones definitivas y parece incapaz de abandonarlas por otras. No se obtienen vías hacia un ulterior desarrollo; es como si todo el proceso estuviera concluido y no pudiera influirse más sobre él desde entonces; más aún: es como si el difícil desarrollo hacia la feminidad hubiera agotado las posibilidades de la persona. Como terapeutas lamentamos ese estado de cosas, aunque consigamos poner término al sufrimiento mediante la tramitación del conflicto neurótico.Eso es todo lo que tenía para decirles acerca de la feminidad. Es por cierto incompleto y fragmentario, y no siempre suena grato. Pero no olviden que hemos descrito a la mujer sólo en la medida en que su ser está comandado por su función sexual. Este influjo es sin duda muy vasto, pero no perdemos de vista que la mujer individual ha de ser además un ser humano. Si ustedes quieren saber más acerca de la feminidad, inquieran a sus propias experiencias de vida, o diríjanse a los poetas, o aguarden hasta que la ciencia pueda darles una información más profunda y mejor entramada.Notas:1- [Esta conferencia se basa esencialmente en dos trabajos previos de Freud: «Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos» (1925j) y «Sobre la sexualidad femenina» (1931b), aunque la última parte, que versa sobre la vida adulta de la mujer, incluye material nuevo. Freud volvió a ocuparse del tema en el capitulo VII de su Esquema del psicoanálisis (1940a).]2- Heine, Nordsee [segundo ciclo, VII, «Fragen»].3- [Freud se ocupó de la bisexualidad en la primera edición de sus Tres ensayos de teoría sexual (1905d), AE, 7, págs. 128-31; una nota al pie de ese pasaje incluye agregados hechos en ediciones posteriores del libro. ]4- [Esta expresión de Silberer es empleada en la 20ª de las Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-17), AE, 16, pág. 278.]5- [La dificultad de encontrar un significado psicológico para lo «masculino» y lo «femenino» fue examinada por Freud en una larga nota que agregó en 1915 a los Tres ensayos (1905d), AE, 7, págs. 200-1, y nuevamente al comienzo de otra nota, más larga aún, de El malestar en la cultura (1930a), AE, 21, pág. 103.]6- [Cf. la 21ª de las Conferencias de introducción (1916-17), AE, 16, págs, 299-300.]7- [En sus antiguas consideraciones sobre la etiología de la histeria, Freud había mencionado a menudo la seducción por parte de personas adultas como una de sus causas más comunes; véase, por ejemplo, el segundo trabajo sobre las neuropsicosis de defensa (1896b), AE, 3, pág. 165, y «La etiología de la histeria» (1896c), AE, 3, págs, 206-7. Sin embargo, en ninguna de esas tempranas publicaciones inculpó específicamente al padre de la niña. Más aún, en unas notas escritas en 1924 destinadas a la reedición de los Estudios sobre la histeria (1895d) en los Gesammelte Schriften, admitió haber suprimido en dos pasajes la adjudicación de la responsabilidad al padre (cf. AE, 2, págs. 149, n 5 y 183, n, 14). Lo puso bien en claro ya en la carta a Fliess del 21 de setiembre de 1897 (Freud, 1950a, Carta 69), AE, 1, pág. 301, donde expresó por vez primera su descrédito de las historias que le narraban sus pacientes. Admitió públicamente su error varios años más tarde, en los Tres ensayos (1905d), AE, 7, pág. 173; a esto habría de seguirle una reseña mucho más completa de su postura en «Mis tesis sobre el papel de la sexualidad en la etiología de las neurosis» (1906a), AE, 7, págs. 265-7. Posteriormente hizo referencia en dos oportunidades a los efectos que sobre él tuvo el descubrimiento de este error: en «Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico» (1914d), AE, 14, pág. 17, y en la Presentación autobiográfica (1925d), AE, 20, págs. 32-3. El ulterior hallazgo descrito en el presente párrafo ya había sido mencionado en «Sobre la sexualidad femenina» (1931b), AE, 21, pág: 239.]8- [Cf. la 22ª y la 23ª de las Conferencias de introducción (1916-17), AE, 16, págs. 316, 329-30 y 332.]9- [El examen más completo de este terna por parte de Freud se encuentra en sus «Contribuciones para un debate sobre el onanismo» (1912f), AE, 12, págs. 247 y sigs., donde damos otras remisiones.]10- [Cf. «Introducción del narcisismo» (1914c), AE, 14, pág. 85.]11- [Freud ya lo había señalado en «El tabú de la virginidad» (1918a), AE, 11, pág. 201.]12- [Esto fue sostenido por primera vez en la 13ª de las Conferencias de introducción (1916-17), AE, 15, pág. 188, y repetido en una nota al pie de Psicología de las masas y análisis del yo (1921c), AE, 18, pág. 96, y en El malestar en la cultura (1930a), AE, 21, pág. 110. Que puede haber excepciones lo demuestra el ejemplo citado AE, 22, págs. 61-2.]13- [Véanse las consideraciones que se hacen al respecto en Psicología de las masas (1921c), AE, 18, pág. 133.]